El caso del patrón malo que no quiere a sus vecinos

Cuando pasen los años Donald Trump será muy recordado, más por sus errores que por sus aciertos, más por sembrar el campo de enemigos, que por conquistar amigos.

Su America First es cada vez más blanca, no hay espacio para latinos, negros, asiáticos y así se deportarán millones de mejicanos y también cientos de miles de centroamericanos que han sido en los últimos años, la inmigración hacia los EEUU más importante tanto por razones económicas como por seguridad, frente a la enorme expansión del crimen organizado: las maras.

El caso mejicano sólo, es para escribir varios tomos, comenzando por la historia del muro para la frontera con ese país, de la que ahora tendría los fondos prometidos por el Congreso, que según Trump luego los recuperaría de los mejicanos, basado en el supuesto de cobrarle a los autos terminados en Méjico un arancel del 30-35 % para obligar a las empresas automotrices a volver a instalarse en territorio norteamericano, con lo que está previendo – acertadamente porque lo impulsan sus negociadores – que ni Méjico ni Canadá, aceptarán las nuevas condiciones exigidas por su socio y por lo tanto el NAFTA dejará de existir.

Al mismo tiempo quiere deportar indocumentados que en el caso mejicano hay millones que tienen 15 o más años de residencia y tiene hijos norteamericanos. Es provocar un creciente sentimiento nacionalista y antinorteamericano, que justamente las anteriores políticas de inmigración y el NAFTA habían neutralizado.

En el caso de Cuba, Barack Obama en los dos últimos años de su mandato había logrado romper con la famosa y poco eficaz política del cerco económico y firmado una serie de acuerdos de seguridad y control de las aguas jurisdiccionales y otros de carácter económico-comercial que permitía avizorar una nueva relación entre ambos países; Donald Trump como presidente ha decidido dar un golpe de timón y volver hacia el mínimo de relación, ya ha retirado la mitad del personal de la Embajada, aduciendo problemas de una extraña enfermedad y ha congelado para su revisión y moratoria los convenios firmados. Con esto cumple con una de sus promesas electorales hacia el electorado cubano en Miami, pero adiciona otro problema en sus cercanías, porque no es de extrañar en un plazo no muy largo, una crisis inmigratoria ya que la isla está muy débil económicamente hablando.

Con Puerto Rico, estado asociado a los EEUU, pero sin representación en el Congreso, luego del huracán María, en vez de apoyo federal los acusó de no prever y actuar perezosamente, lo que ha provocado una conmoción en la comunidad portorriqueña en la isla y en el territorio norteamericano.

Pero como si esto fuera poco, hace pocos días atrás en su ya famoso twitter presidencial Trump anunciaba que estaba preparando la orden ejecutiva – en nuestro país decreto – para iniciar el proceso de deportación de cientos de miles de indocumentados centroamericanos que han ingresado en los últimos años. Se trata en general de gente joven que ha ingresado por la frontera de Méjico, aterrorizada por las maras, bandas de narcotraficantes que dominan buena parte de los territorios de El Salvador, Guatemala, Honduras y que roban y matan a ricos y pobres sin contemplaciones.

Generalmente los países – sobre todo los que son potencias – tratan de tener con los vecinos buenas relaciones, para tener las espaldas cubiertas, se lo ve en el caso chino con respecto a sus vecinos del ASEAN e inclusive con los aliados de EEUU como Japón, Corea y Taiwan o los rusos con sus vecinos de Europa y de Asia Central y con la propia China. No es el caso de Donald Trump, que con su política de enemistades crecientes le va a hacer perder a los norteamericanos parte del poderío acumulado a través de los años; no es casual que hasta George W Bush se queje del daño ya ocasionado.

Autor: Raúl Ochoa
Fuente: Revista Container Octubre Nº 145


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