Súper alimentos argentinos
La demanda mundial obliga a pensar en un salto cualitativo de la oferta; cómo negociar el acceso a mercados internacionales.
Los súper alimentos son productos, primarios o elaborados, que contienen un refuerzo nutricional, es decir, mayor cantidad de energía por cada ración por ser consumida. En un principio, su preparación industrial se limitó al objetivo de complementar la asistencia médica sobre pacientes debilitados por distintos padecimientos y para los que resulta insuficiente la asimilación de nutrientes aportados por los alimentos habituales y disponibles en las góndolas.
Pero en la economía global, a los flagelos conocidos del hambre y la desnutrición se agrega la “mala” nutrición vinculada a la proliferación de alimentos especialmente diseñados para saciar y engolosinar a miles de millones de personas sometidas a las condiciones de producción y consumo prevalecientes.
En definitiva, deben disponer de refuerzos proteicos y vitamínicos en su dieta tanto las multitudes desnutridas por carencia o enfermedad como las adictas al consumo de alimentos inadecuados y hasta contraproducentes para las necesidades orgánicas y funcionales. Se trata, en conjunto, de una demanda real o potencial que suma miles de millones de personas. Y de aquí surge la importancia esencial de los llamados súper alimentos.
Para mencionar sólo un ejemplo sobre las expectativas que despierta este tema, merece repasarse una exposición del empresario Gustavo Grobocopatel en la Bolsa de Comercio de Santa Fe, hace casi un año. Hizo directa referencia a la situación de India, cuya población vegetariana y parcialmente vegetariana suma en conjunto más del ochenta por ciento del total de sus más de 1300 millones de habitantes.
Según los parámetros de la Organización Mundial de la Salud (OMS), esa población tendría que consumir entre 3 y 4 veces más proteínas per cápita, por lo que las estimaciones prudentes indican que en un plazo de 10 a 15 años dicho país debería importar 20 millones de toneladas adicionales de determinadas legumbres.
Según Grobocopatel, las ofertas canadiense y australiana serían insuficientes para satisfacer semejante demanda. Así parece surgir una oportunidad histórica (quizás equiparable al boom de la soja) para la Argentina, Uruguay y tal vez para Brasil.
En tal sentido, Grobocopatel señaló que la región cuenta con muchas más herramientas de mejoramiento genético que cuando comenzó la expansión de la frontera agrícola con motivo del desarrollo de la soja, hace 40 años. Si bien la transgénesis no es bienvenida por las culturas vegetarianas, pueden obtenerse mejoras energéticas por vías de organización, manipulación y control de los cultivos. La dimensión de los nuevos mercados en ciernes justifica el reclamo de una planificación estratégica a nivel nacional, incluyendo el desarrollo de germoplasmas.
En general, muchos de los nutrientes requeridos para compensar el déficit dietario pueden ser aportados por productos primarios, si bien enriquecidos, desde antes de su siembra y hasta después de su cosecha por la contribución de la ingeniería biológica y genética. La gama de aplicaciones posibles es cada vez más amplia: desde la tradicional y modesta recuperación de germoplasma, llegando hasta las manipulaciones genéticas abarcadas por el concepto “transgénesis”, que en los últimos años incluye la edición o reescritura de genes.
Paralelamente, para producir alimentos elaborados que merezcan la calificación de súper alimentos, se necesitan mayores inversiones, cuya compensación se justifica en el volumen de la demanda y los precios internacionales que pueden obtenerse, incomparablemente superiores a los que regulan aleatoriamente las transacciones de commodities agroindustriales, ya se trate de granos, harinas o aceites. De ahí el llamado de atención a los países latinoamericanos, cuyas exportaciones básicas están castigadas por los términos del intercambio, más allá de ocasionales burbujas especulativas.
Los desafíos en esta materia cubren básicamente aristas: el desarrollo de tecnologías de producción y comercialización, y el afianzamiento de una capacidad negociadora internacional que haga posible el acceso a los mercados y su aprovechamiento sistemático.
Con respecto a la aplicación de tecnologías adecuadas para producir estos productos, se requiere el diseño y aplicación de políticas públicas de asistencia técnica y la difusión de buenas prácticas para todas las cadenas productivas. En este sentido, el alto grado de diversificación de las tecnologías a desarrollar debe apuntar a la obtención de los mayores índices de inocuidad, calidad y seguridad, y a la adaptación a los hábitos y preferencias de los consumidores potenciales.
En relación con la capacidad negociadora internacional, los países latinoamericanos tienen ante sí el apremiante desafío de afinar el lápiz para negociar y renegociar sus acuerdos de última generación (designados como “de libre comercio” según la sigla TLC) pero también los más modestos acuerdos preferenciales o “de alcance parcial”, a fin de incorporar en ellos las cláusulas que garanticen un acceso fluido de súper alimentos a mercados diversos. En tal sentido cabe observar que hasta ahora en América Latina sólo el Mercosur y Chile celebraron modestos acuerdos preferenciales con India para nóminas estrechas de mercancías y con preferencias poco significativas. En ambos casos está pendiente su renegociación para extender las preferencias e incorporar regulaciones sanitarias y fitosanitarias.
A propósito de las regulaciones que los países latinoamericanos deberían incluir en los acuerdos intergubernamentales para favorecer sus exportaciones de súper alimentos, las consideraciones abarcan tanto a los productos primarios como a los elaborados.
Agenda de negociación
En el primer caso, las actuales aplicaciones biotecnológicas y en especial de ingeniería genética sobre distintas variedades de frutos y legumbres, aconsejan tomar como antecedente las políticas internas referidas a la propiedad intelectual en oleaginosas y cereales enriquecidos con organismos genéticamente modificados (OGM). Así se garantizaría el acceso a los mercados de cualquier especie y variedad vegetal negociada.
En este aspecto pueden incorporarse cláusulas que definan como atribuciones propias de cada parte fijar límites máximos para las regalías y los márgenes del “uso propio”. De este modo se impediría la interposición de obstáculos justificados por una presunta protección de derechos de propiedad intelectual y de la debida lealtad comercial.
A través de los mismos acuerdos intergubernamentales quedarían reconocidas las autorizaciones que cada parte podría conceder a los agricultores para el pago de regalías más reducidas -o directamente para no pagarlas- sobre las semillas de uso propio. Y en el caso de preverse pagos reducidos, también las partes podrían reconocerse el derecho a suspenderlos al cabo de determinado tiempo y bajo ciertas condiciones (por ejemplo, si no se aumentara la superficie sembrada). Finalmente, sería conveniente la incorporación de una disposición que contemple la facultad de eximir del pago de regalías a determinados agricultores (pueblos originarios, pequeños productores, etc).
Acerca de los alimentos elaborados, es evidente que para garantizar el acceso a los mercados no bastan las exenciones o reducciones arancelarias ni la existencia o ampliación de cupos. Las concesiones comerciales pueden resultar ilusorias cuando se aplican determinadas restricciones indirectas o no arancelarias. Así, al entablar tratativas para la formalización de TLC deberían adoptarse posiciones negociadoras destinadas a sortear obstáculos diversos, tales como:
• El uso de aranceles específicos que aplican algunos países para limitar el ingreso de determinados agregados en los alimentos.
• La fijación arbitraria de medidas sanitarias y fitosanitarias que prejuzgan sobre amenazas a la inocuidad de los alimentos con motivo de la combinación o aporte de insumos que regulan los nutrientes.
• La inclusión de restricciones en las nóminas de requisitos específicos de origen, que impiden el acceso de alimentos identificados por la presencia de determinadas composiciones químicas.
Semejantes previsiones aumentan la complejidad de las negociaciones internacionales, pero los países latinoamericanos tienen ante sí una opción de hierro. Es evidente que si no se saben explotar sus potenciales ventajas competitivas, seguirán padeciendo la típica vulnerabilidad que caracteriza a los países exportadores netos de materias primas y que no pueden siquiera incidir en la formación de sus precios.
Con respecto a la aplicación de tecnologías adecuadas para producir estos productos, se requiere el diseño y aplicación de políticas públicas de asistencia técnica y la difusión de buenas prácticas para todas las cadenas productivas. En este sentido, el alto grado de diversificación de las tecnologías a desarrollar debe apuntar a la obtención de los mayores índices de inocuidad, calidad y seguridad, y a la adaptación a los hábitos y preferencias de los consumidores potenciales.
En relación con la capacidad negociadora internacional, los países latinoamericanos tienen ante sí el apremiante desafío de afinar el lápiz para negociar y renegociar sus acuerdos de última generación (designados como “de libre comercio” según la sigla TLC) pero también los más modestos acuerdos preferenciales o “de alcance parcial”, a fin de incorporar en ellos las cláusulas que garanticen un acceso fluido de súper alimentos a mercados diversos. En tal sentido cabe observar.
(*) El autor integra el Instituto de Integración Latinoamericana de la Universidad Nacional de La Plata. los mercados y su aprovechamiento sistemático.
Autor: MARCELO HALPERÍN
Fuente: ambito.com
