El espíritu del rebaño

El espíritu del rebaño

Uno puede apreciarlo cabalmente cuando compra una docena de huevos: los doce son todos exactamente iguales. En tamaño, en color, en definitiva, en apariencia. No se distingue uno de otro.

Comprarlos por docena no solamente es más barato según el antiguo dicho popular sino que, además, resulta más práctico para no tener que elegirlos uno por uno antes de cocinarlos.

Precisamente eso es lo que sucede con los seres humanos. Los otros, digamos, la sociedad, trata de que todos seamos parecidos, cuanto más iguales, mejor. Como lo huevos comprados por docena. Parecería que la sociedad se siente, mayoritariamente, más cómoda y apacible cuando todos nos parecemos y no hay discordantes ni diferentes. Los pocos que lo son, inquietan al resto, que desea asimilarlos por todos los medios posibles. En una palabra: la sociedad quiere adocenarnos. Como a los huevos. Ése es precisamente el espíritu del rebaño. El que anida en la mayoría de los seres humanos. El origen de tantas tragedias.

Existen muchas maneras de hacer que todos seamos idénticos. Por ejemplo, las modas. Hoy en día cuando algún muchacho/a no se corta el pelo (cuando no se rapa) de la misma manera que está de moda entre los de su edad, sufre una especie de discriminación. De descalificación. Generalmente por el medio que más les duele: la burla. Lo mismo ocurre con la vestimenta (y esto en todas las edades): los pocos que usan ahora corbata la deben lucir angosta. Llevarla un poco más ancha como hasta hace no mucho tiempo es un verdadero quemo. Una antigüedad.

Las solapas de los sacos también deben ser angostas. Andar por la calle demasiado bien afeitado no es de onda, hay que tener una barba convenientemente rasurada que deje por lo menos medio centímetro. Como si fuera un descuido, algo con aire (como se dice ahora) “casual” (una mala copia del idioma de los bárbaros). Ni qué hablar de los tatuajes. Que cada vez son más grandes y coloridos. Son muy pocos los jóvenes y aún adultos que no los lucen. La muchachita de 18 años que se tatuó en el hombro una encantadora palomita no piensa ni por asomo que cuando tenga 50 o 60 años y sea una respetable y seguramente obesa matrona la hermosa palomita se habrá transformado en un horrendo murciélago.

Los que rechazan las modas y costumbres son a su vez, rechazados. En mi caso, cuando tenía catorce años e iba al Liceo Bauzá de la Avenida Agraciada, en Montevideo, todos mis compañeros fumaban. Teníamos ya pantalones largos, el llavero de nuestra casa y por eso nos creíamos ya adultos. Yo era el único de la clase que no fumaba. Entonces los demás me preguntaban por qué no lo hacía dado que los hombres fuman. Yo respondía que en primer lugar no me gustaba fumar (hasta el día de hoy nunca he fumado un solo cigarrillo en mi vida) y por lo tanto porqué tenía que hacer lo que no me gustaba y segundo que para ser hombre no era necesario fumar, que yo iba a ser igualmente hombre sin necesidad de hacerlo. Por otra parte nuestras compañeras también fumaban aunque a escondidas, y no por eso se habían convertido en hombres. Me querían adocenar, querían que yo fuera como ellos, no podían soportar a alguien que fuera diferente. Por eso inventaron que fumar era de hombres. Ese rechazo generalizado se expresa a veces en sarcasmos, como decirme que era un tipo rarito. Raro por diferente, por poco común.

Pareciera entonces que los demás se sienten cómodos si el resto de cada uno de los otros se les parece. Les gusta pertenecer al rebaño. Los que no están en el rebaño, de alguna manera, son expulsados del grupo. Y eso que no es demasiado peligroso con las modas y costumbres es altamente peligroso cuando se extiende al rechazo de las minorías que piensan diferente a las mayorías. De ahí ha nacido lo de “políticamente correcto” y su contracara: lo “políticamente incorrecto”. Muchas personas no expresan su opinión o cuando lo hacen mienten porque temen el rechazo de los demás, la censura. En el fondo desean la aprobación general por lo que dicen. Esto nos lleva de cabeza a las sociedades totalitarias. Y eso es lo que nos muestra George Orwell en su famoso “1984” y también en “Rebelión en la granja”. O Samuel Butler en “Erewhon” o Aldous Huxley en “Un mundo feliz”.

Pero la novela donde se expresa mejor lo que estamos tratando es en “Soy Leyenda” de Richard Matheson. En esa novela, el protagonista, Robert Neville, es el único sobreviviente de una guerra bacteriológica que ha destruido el planeta y ha convertido al resto de la humanidad en monstruosos vampiros. Se instala una guerra entre este único hombre (un verdadero nuevo Adán) y los demás seres que tratan de convertirlo en uno más de ellos. Los vampiros quieren “adocenarlo”, convertirlo en alguien igual a todos, porque no pueden soportar que haya otro hombre que sea diferente. Por ello lo atacan durante las noches (los vampiros no soportan la luz del día) con el objeto de alcanzar ese fin. Neville se defiende con uñas y dientes porque quiere mantener su individualidad y su condición de hombre íntegro por sobre todas las cosas. La esencia del libro es el afán incansable del protagonista por continuar siendo un hombre cabal, por seguir siendo él mismo y el deseo de los demás de convertirlo en un igual al resto de la humanidad. Cuando finalmente cae, cae por una mujer. Como Adán. Como Sansón. Como Holofernes. Como Dillinger. Como tantos otros.

Al final de la novela el protagonista es vencido y ejecutado. Antes de morir llega a la triste y lógica conclusión de que en una sociedad de monstruos el diferente es para el resto, en realidad, el verdadero monstruo.

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