La verdadera herencia de España

La verdadera herencia de España

“En tanto en Cataluña quedase un solo catalán, y piedras en los campos desiertos, hemos de tener enemigos y guerra».

 

FRANCISCO DE QUEVEDO Y VILLEGAS

Me resulta embarazoso ser un rendido admirador de Quevedo a la vez que tener a por lo menos la mitad de mis ascendientes (padre, abuelos, tíos, bisabuelos, tatarabuelos, etc.) catalanes, por cuanto Quevedo los odiaba con el alma. Y aún más, no perdió ocasión de descalificarlos y ridiculizarlos en sus novelas.

La situación actual en Catalunya (lo escribo en catalán a propósito) me ha hecho pensar mucho en el pasado de la tierra de mis ancestros. Los independentistas de hoy mencionan que Catalunya fue libre en 1714. Omiten, seguramente a propósito, que si alguna vez lo fue eso ocurrió en la guerra de 1640 a 1652. En realidad si fue alguna vez independiente sin duda lo fue menos tiempo que bajo Castilla o Aragón cuya soberanía  estuvo durante algunos siglos.

La enemistad entre catalanes y castellanos es muy antigua. A pesar de eso en 1653, cuando los campesinos de la Cerdaña organizaron una incursión militar para reconquistar el valle que Francia se había negado a devolver al final de la guerra, su grito principal fue “¡Visca Espanya!”, en apoyo a su compromiso con España.

De hecho, más allá de los inevitables episodios de tensión entre los distintos reinos de la península, la relación entre Castilla y Cataluña fue de cooperación mutua desde la unión de las coronas de Castilla y León con Aragón. Como recuerda Henry Kamen en su libro “España y Cataluña” la ciudad de Barcelona comunicó a Sevilla: «Ahora somos todos hermanos». Y sin duda lo siguen siendo.

Fue muy posteriormente, a partir del siglo XIX, cuando algunos autores catalanes comenzaron a culpar a los castellanos y a la unión de los dos territorios de haber causado perjuicio a las iniciativas empresariales de Cataluña durante siglos. Y la propaganda nacionalista sigue argumentando que la castellanización de Cataluña destrozó la economía de la región y atacó su cultura.

Entre los grandes pensadores que pensaron siempre a España como una unidad se encuentra Ángel Ganivet. Y estoy de acuerdo con él. A pesar de que su apellido suena como catalán o francés, Ganivet era andaluz. Ángel Ganivet nació en Granada en 1862 y se suicidó en Riga (Estonia) en 1898. Curioso fue su destino como el de otros célebres españoles, entre ellos Mariano José de Larra, que seis décadas antes también se había suicidado aunque a los veintisiete años. Es que a ambos les dolía mucho su patria (como a Unamuno, como a Ortega) y escribieron siempre sobre ella. Ganivet es más conocido por su “Idearium Español”, un recio ensayo sobre filosofía de la Historia de España, una investigación honda y brillante acerca del espíritu español a lo largo de su historia. En su obra he hallado numerosas similitudes aplicables a la situación argentina y latinoamericana en general, de antes y de ahora, seguramente porque somos el resultado de un tronco común que nos une y nos sustenta.

Muchas veces estamos todos convencidos erróneamente que entretenimientos típicos de nuestra tierra como el juego de la taba son enteramente autóctonos y ni se nos pasa por la cabeza que hayan sido importados desde otra parte. Error. Si uno lee aunque sea distraídamente a autores españoles de hace unos cinco siglos, como Quevedo o Cervantes, se enterará que el juego de la taba era ya muy difundido en España “”entre los ociosos y malentretenidos” como afirma Quevedo, aunque no hablaran de taba sino de astrágalo (que es lo mismo), el que se jugaba con las mismas reglas que en nuestros campos: a suerte o culo. Pero el asombro se colma cuando se lee que los antiguos griegos también jugaban a la taba, aunque no sabemos qué nombre le daban. Uno no se imagina a Platón jugando a la taba, no obstante que, en su época, era un juego muy popular.

Existen docenas de refranes, frases hechas y proverbios de origen español que repetimos diariamente y que creemos de nuestra exclusiva autoría popular como, a propósito del mismo tema, decimos “se le dio vuelta la taba” aludiendo a la mala suerte o cambio en la fortuna de las personas. 

Todo esto viene a cuento porque leyendo a Angel Ganivet caí en la cuenta de que nuestra herencia española (como mejor dice Ganivet, “ibérica”, porque para él castellanos, extremeños, gallegos, asturianos, leoneses, cántabros, vascos, catalanes, mallorquines o portugueses somos el mismo pueblo) puede explicar las violaciones y desobediencias al Derecho que tanto nos preocupan en nuestros países, especialmente en el caso específico del Mercosur. El autor menciona entre otros ejemplos la no aplicación en su tiempo de normas expresas del Código Civil con relación a la paternidad y la filiación o la del admirable edificio jurídico instrumentado por las Leyes de Indias que nunca se cumplieron cabalmente en América. 

Pero, esta España de hace más de un siglo sobre la cual escribía el granadino, ha cambiado y mucho. Ahora no podría reconocerla y tampoco podría decir lo mismo acerca de cómo funciona la España actual. Ganivet, en la línea de otros españoles célebres como Ortega y Gasset, sostenía que África terminaba en los Pirineos (concepto que inventó y difundió Alejandro Dumas con interés peyorativo para horror de muchos españoles y orgullo de otros) y que España debía proyectar su futuro hacia el Sur (África) y no hacia el Este (Europa), porque no era un país europeo y jamás alcanzaría el nivel de los franceses, ingleses y alemanes. Se equivocó feo visto el desarrollo posterior de los acontecimientos: hoy España es uno de los principales países de la Unión Europea por su economía y debe esta situación a su cambio de mentalidad y a su integración con el resto de Europa de la cual forma parte indudablemente desde hace más de treinta años. ¿Qué habría pasado si siguiendo el consejo de Ganivet se hubiera integrado con los países africanos? El lector puede imaginar fácilmente la respuesta. 

Pero lo que me interesa destacar ahora, teniendo en cuenta la experiencia española actual, es que el cambio es posible, que no somos inferiores a nadie como no lo eran los españoles con respecto a los ingleses y a los alemanes, y que los países del Mercosur todavía están a tiempo de modificar su actitud frente al Derecho afianzando la integración con su fidelidad a las normas jurídicas que ellos mismos se dictaron y que todo lo cual nos conduzca, como a nuestros primos ibéricos, a un mejor porvenir, que por ahora no nos merecemos por lo que no hemos hecho pero que podríamos merecerlo apenas emprendamos los esfuerzos necesarios y hagamos los méritos suficientes para poder alcanzarlo.

 

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